El mouse es un artefacto de los más sufridos en nuestra vida posmoderna. El pobre se la pasa siendo arrastrado como un roñoso, teniendo en cuenta que una mano de su mismo tamaño lo encierra cual reja. Esta mano-reja, frecuentemente sudorosa y derecha, le hace la vida muy difícil a nuestro ratoncito. Lo hace sentir como en un sauna, con los vapores que emana al friccionarlo constantemente.
Pero sin dudas la mayor humillación es que lo estén golpeando infatigablemente con el dedo-barrote índice una y otra vez sobre lo que sería su extremidad izquierda. El ruido con forma de “clic” es evidentemente el grito de auxilio y angustia del pequeño. Sin embargo, todos lo consideran como una señal de que la acción se ha ejecutado con éxito.
La suciedad acumulada en su lomo es un problema grave para el ratón, que periódicamente es limpiado por su amo-usuario. El momento más dramático es cuando, para higienizarlo, le abren el compartimiento inferior y le extraen la bola de goma y metal que tiene por corazón. Es casi para llorar. Él queda tan indefenso e inmóvil, casi inservible, inerte. Y lo peor es que algunos ni siquiera lo limpian, sólo lo desconectan y lo tiran a la basura para suplantarlo por otro nuevo y brillante.
Su pseudo cola, no es más que la cadena que lo ata al calvario, la que no lo deja escaparse, pero también la que le da energía para seguir existiendo. ¡Vaya dilema para el roedor!
No hay comentarios:
Publicar un comentario