Ellos dos en la cocina. Son las 22.38. La mesa y la pareja de treintañeros se miran, un silencio incómodo los envuelve como contexto. El tic tac del reloj se siente en la piel. La lámpara de luz blanca amarillenta enceguece claramente. La locura acecha. No hay nada más que hacer: ya comieron; el sexo ya no es lo que era; ya hablaron de su día; la televisión no los entretiene; ya se hundieron en la monotonía rutinaria.
“Es interesante ésta situación, nos estamos aburriendo y según mi punto de vista, ese es precisamente el motor del cambio”, él habla para opacar al tedio.
“Me aburrís”, dice ella.
“Escuchá. Podemos considerar como un principio básico de toda conducta humana la búsqueda de un único objetivo final en cada una de las acciones que realizamos los hombres: pasar de un estado de menor comodidad a un estado de mayor comodidad. Es decir, cada acción denota un cambio hacia un bienestar total o parcial, pudiendo aceptar una serie de acciones que tengan consecuencias incomodadas, pero para lograr un estado de comodidad general..."
Una sartén recién salida del lavavajillas impacta en la sién del hombre justo en el momento en que la pava hace sonar su estruendosa furia de vapor. La sangre se desparrama y él, sin entender porqué pero prestándose al juego, la toma del pelo, la lleva hacia la hornalla y le hace besar la pava hirviendo. El grito es interno, y la sal en los ojos del hombre le da un pequeño respiro. Casi sin ver, manotéa la llave del grifo que empieza a escupir agua intensamente. Coloca la boca de la mujer ahí, le tapa los orificios nasales y espera que se llene de agua, como si estuviese cargando el tanque de nafta. Antes de que muera ahogada, la libera, no quiere matarla. Los dos caen al piso abatidos por el dolor. Se toman de la mano y sonríen incómodamente.
lunes, 3 de marzo de 2008
Comodidad
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