lunes, 3 de marzo de 2008

Despertarte

Siento despertarte de este sueño autoinducido en el que te sumergiste y al que tengo la entrada prohibida. Aclara la mañana después de una noche suburbana. Para verte, sólo quedan fragmentos de mí, diseminados por tu crueldad en un océano de desencuentros. Si hay algo que quiero es no estar en este lugar ahora, ese es mi karma, eso es lo que me pasa siempre. Vos eras el antídoto, la cura, la mano que me sujetaba y me hundía en lo ilimitado. Con vos el tiempo es otra cosa, los colores son otra cosa, y si me perdí, fue por distracción. Un largo rato me hiciste pensar en que todo era posible, todo era amarillo, caminábamos desafiando a los que dicen que dicen que dicen. Mi devoción hacia vos iba en aumento y tu mirada clavada en los relojes, el cielo del atardecer, las pequeñas siluetas que se forman en el pavimento, para finalmente confrontar en un suspiro, me dolían. Te movías por los vientos ciclónicos, eras un fenómeno indescifrable en peligro de extinción. Y cada uno en su casillero pero habías borrado un poquito los márgenes para que tu celda y la mía fueran una sola. Las fotografías, las palabras y las complicidades me alcanzaban para abrir las puertas y luego cerrarlas cuando ya estábamos adentro.

Entre el tumulto y las millones de estrellas apareciste para develarme, para rebelarme. Tu soledad arrastraba copos de nieve derretida, insulina y alguna que otra cartera de un profundo azul eléctrico. Me acerqué al fuego para quemarme por mis propios miedos. Pero te apagaste en un cerrar y abrir de ojos o de piernas. La dulzura se tornó amarga, los soles de verano hacían daño y el ausente sin aviso.

La avalancha de fragmentos tuyos están ahora desparramados junto a todos mis fragmentos en algún lugar de tu frío cuerpo.

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