lunes, 3 de marzo de 2008

Del viaje a ningún lugar

Para todo existen las maletas. Llenarlas en la partida y luego vaciarlas de sentido en la llegada. El sol pegaba en la ventanilla, a la que se pegaba la cara del niño que todavía no era hombre. El sueño le ganaba porque ya no luchaba.

La lluvia llegó como todo llega: inesperadamente. Los ojos del niño se abrieron de impar en impar y captaron la fisonomía del paisaje mojado y los rayos cayendo sobre el horizonte. El asiento era cómodo, tanto como para forzarlo a dormir, pero estaba intentando ganar desvelo para acompañar la lluvia, en ese largo viaje desde lo gaseoso y homogéneo, pasando por una caída solitaria hasta unirse con las demás gotas en un sólo charquito ordinario.

La chica de al lado se retorcía buscando la confortabilidad. Bajo una musculosa algo empapada, se sacaba el corpiño muy discretamente haciendo maniobras dignas de una profesional que él no pudo dejar de notar, o como su pezón izquierdo le daba forma a la remera, la mejor forma que vio ese día, por cierto.


No le habló, porque no era bueno con las palabras aun. Lo era dentro de su mente, o después de los hechos consumados. ¿Qué le diría? Mejor el silencio a depositar palabras a plazo fijo. Le faltaba oratoria. ¿Lo conseguiría más adelante? Seguramente.


El chofer hacía maniobras elocuentes para llegar a tiempo, era como ir en la cinta transportadora al matadero o al supermercado. Superado el inconveniente del pezón y sin afectar su entusiasmo sexual, cosa que sería indebida en un micro familiar y cristiano, siguió pensando en ideas que eran confusas y molestas, pero a la vez, resplandecientes. Tomó la maleta, abrió la ventana y arrojó todas sus pertenencias a la ruta. Llenó la maleta de ideas y sueños, y se echó a dormir en el hombro de la chica del pezón izquierdo.

Un colectivo, un niño, una maleta llena de sueños y la ruta por delante, donde seguramente encontrará otras maletas, otras chicas y otras gotas de lluvia.

Despertarte

Siento despertarte de este sueño autoinducido en el que te sumergiste y al que tengo la entrada prohibida. Aclara la mañana después de una noche suburbana. Para verte, sólo quedan fragmentos de mí, diseminados por tu crueldad en un océano de desencuentros. Si hay algo que quiero es no estar en este lugar ahora, ese es mi karma, eso es lo que me pasa siempre. Vos eras el antídoto, la cura, la mano que me sujetaba y me hundía en lo ilimitado. Con vos el tiempo es otra cosa, los colores son otra cosa, y si me perdí, fue por distracción. Un largo rato me hiciste pensar en que todo era posible, todo era amarillo, caminábamos desafiando a los que dicen que dicen que dicen. Mi devoción hacia vos iba en aumento y tu mirada clavada en los relojes, el cielo del atardecer, las pequeñas siluetas que se forman en el pavimento, para finalmente confrontar en un suspiro, me dolían. Te movías por los vientos ciclónicos, eras un fenómeno indescifrable en peligro de extinción. Y cada uno en su casillero pero habías borrado un poquito los márgenes para que tu celda y la mía fueran una sola. Las fotografías, las palabras y las complicidades me alcanzaban para abrir las puertas y luego cerrarlas cuando ya estábamos adentro.

Entre el tumulto y las millones de estrellas apareciste para develarme, para rebelarme. Tu soledad arrastraba copos de nieve derretida, insulina y alguna que otra cartera de un profundo azul eléctrico. Me acerqué al fuego para quemarme por mis propios miedos. Pero te apagaste en un cerrar y abrir de ojos o de piernas. La dulzura se tornó amarga, los soles de verano hacían daño y el ausente sin aviso.

La avalancha de fragmentos tuyos están ahora desparramados junto a todos mis fragmentos en algún lugar de tu frío cuerpo.

Sala de espera

Uno llega y hay niños jugando todo por ahí y no hace nada porqué espera. Revistas lee, diarios lee, libros lee y el tiempo vuela. Las pruebas de aptitud, los caramelos, las bodas de plata, y jugar al Rummy hasta el cansancio. Algunas dolencias, algunos olvidos, algunas crueldades bien redactadas y enviadas al remitente equivocado. Algunas personas que no tuvieron su oportunidad, que la merecen pero no se atreven a entrar al consultorio mientras el doctor está atendiendo a otra paciente. Entonces, se sientan al lado de señoras que hablan mucho y pretenden leer una revista pero miran de reojo esa puerta.

Las peleas, las angustias, los recuerdos, las hamacas se siguen moviendo. La moralidad que no te deja ser, la inconciencia social te limita. Y no experimentás ni la mitad de las cosas por miedo a caer en la tentación, por miedo al cambio, porque te gusta tanto la comodidad de tu vida ya vendida al mejor postor y para siempre. Es difícil ser uno mismo, y por eso adoptás treinta y siete caras para las treinta y siete situaciones distintas.

Y finalmente te guardan en un cajón marrón (o negro, según esté de moda), lustrado y laqueado con un pedazo de mármol más arriba y lágrimas y flores por doquier y recién ahí el turno es tuyo, el número que tuviste en tus manos desde que viste la primera luz. Ahora te corresponde pasar, toda una vida de espera para morir tranquilamente y con la satisfacción de haber hecho todo lo que se pudo. Pero no, sólo esperaste a que llegara el turno. ¿Y sabés qué? El doctor ya cumplió su horario de trabajo, y te dan turno para la semana que viene.

Acuario

¿Cómo iba a saberlo? No podía saberlo porque uno sólo lo sabe cuando ya sucedió.

Juan se detenía frecuentemente frente al acuario cuando su mamá lo llevaba al colegio. Era casi un rito, una ceremonia, paralizarse con los ojos fijos en el vacío (que quedaba exactamente en el mismo lugar que el acuario), mientras su madre le tiraba del brazo para que siguieran camino. Él, hipnotizado por el acuario, sólo concentrado en llegar alguna vez a conocerlo por dentro; caprichos de niños, y madres que no pueden cumplir sus sueños; a veces, para mejor. Lo cierto es que cuando terminaron las clases, Juan iba todas las tardes a la plaza que estaba justo frente al acuario y se quedaba ahí solito viendo como los otros niños (siempre los otros) salían felices después de sumergirse en los profundos secretos de los marsupiales, las mojarritas, los pulpos.

El día llegó (fatalmente quizás) en que Juan, repleto de ilusiones construidas en la plaza de enfrente, ingresó al acuario con su mamá (que consiguió el dinero trabajando horas extras). Juan cerró los ojos al cruzar la puerta y los abrió una vez que los delfines pasaban por su lado, casi como si estuviera nadando junto a ellos pero claro, en una burbuja de aire y vidrio que los unía sí, pero los separaba escandalosamente. Juan sintió el encierro, perdió el aire, y las luces se le borroneaban en el alma. La madre no lo percibió (ella iba feliz disfrutando lo que había pagado y que por un momento era suyo –la posesión momentánea de la felicidad, le dicen-). Al rato, Juan giró sobre su eje, vio un tiburón, una manta raya, una corvina, y la puerta de entrada; más lejos, el banquito de la plaza de enfrente. Supo casi instantáneamente que era allí realmente donde debía estar, imaginando que algún día conocería los misterios del acuario.

Los traspapelados

El título se refiere, ni más ni menos, a los que se perdieron entre los papeles. Uno piensa que no existen, que son pura ilusión o algo así como una forma de tapar otras cosas, pero no, existen y mucho. La gente entre los papeles es aquella que habita en la celulosa, blanca, rayada, y muchas veces con dos agujeros a los costados, también de tamaño A4 o Carta, o la muy temida Legal.

Esa gente, los traspapelados, muchas veces se pierden al cerrar los libros, como planteaba Borges, porque las letras se mezclan cuando dejamos de leer y cerramos el libro y se confunden unos con otros, tal como nos confundimos a veces y le echamos la culpa al traspapeleo.

Muchas veces, se les dice “limados”, cuando en realidad son un diamante en bruto y nunca en su vida vieron una lima; aunque sí estuvieron cerca de una cortadora de césped.

Un limado es, en realidad, quién fue tomado por las grandes manos de la realidad y pulido, lijado por la enorme lima que deja a uno del tamaño perfecto para caber en los casilleros cuadrados y beiges de la monotonía o la politonía, o lo que sea.

Esa gente no limada pero traspapelada, rompe el papel finalmente porque al no tener las puntas limadas, son nocivos para la débil celulosa, y se escapan, por ahí, para así al día siguiente traspapelarse de nuevo, porque son incorregibles, realmente.

En el futuro

En el futuro, la gente no tendrá que viajar. Habrá una silla especial en donde uno se sentará y serán las ciudades las que se muevan. Tokio, París, Burzaco, en fin, las grandes capitales irán pasando, una a una, frente al ciudadano cosmo o monopolita, o viceversa. Conocer el mundo será accesible a cada uno que tenga la silla, aunque también se inventarán bañaderas de este tipo, para estar limpio mientras uno visita el Partenón o la Fontana di Trevi.

En el futuro, el tiempo no se podrá desperdiciar fácilmente. Así, no habrá tiempo libre para rascarse el ombligo. Alarmas instaladas en cada hogar sonarán ante el menor indicio de pereza, a lo que uno deberá responder pintando el cerco o dando una vuelta manzana. Dormir estará prohibido. Asimismo, cabecear en el bondi.

En el futuro, la gente podrá leer los pensamientos de los demás con sólo un dispositivo muy barato, disponible en todos los kioskos. Una aventura amorosa será cosa del pasado, de lo contrario, la esposa/o esperará a su cónyuge y al llegar a su iglú (las casas inteligentes del futuro – más inteligentes que el dueño, seguro-) lo hará viajar (con la silla que mencionamos anteriormente y con el debido respeto) a la mismísima concha de la lora, que dicen que queda en Medio Oriente.

En el futuro, será obligatorio ser socialmente activo y feliz. Nada de recluidos, antisociales o ermitaños, si aparece alguno lo mandamos a una isla solitaria. Los celulares serán obsoletos, ya que si uno quiere estar o hablar con una persona, sólo lo pide en voz alta dos o tres veces y te aparece el tipo/a ahí al instante en el baño, en la azotea o en la cama.

En el futuro estudiar no será tan engorroso como ahora. A los infantes les pondrán un chip en el ombligo (por eso no hay que rascárselo) y podrán conectarse a un transfusor de datos conocido como “El Transfusor”, y en dos minutos te sabés todas las capitales o como hacer un vitel tone bien rico.

En el futuro, vos decís “¡la puta, está nublado, justo que quería ir al zoo!” y te aparece la jirafa o el hipopótamo en el living y se miran juntos una de James Bond. La alimentación del animal corre por cuenta del cuidador, que también se prende en la tarde de cine en tu iglú.

En el futuro, no se podrá llegar tarde jamás, ya que tocás rewind o retroceder y entrás a tu laburo en horario, o si te mandás una torpeza apretás el botón deshacer (que te insertaron en el culo) y podés volver a equivocarte las veces que quieras, prácticamente.

En el futuro, todo será distinto, excepto el huevo frito, el papel higiénico y la pasta frola, que seguirán siendo como ahora.

Bolsas negras

Me molesta esa lamparita intermitente. Está rota. Ya sé, debo cambiarla, pero no aún. Las noches son mosquitos dando vueltas a esa lámpara en el techo, los vuelve locos, los confunde. Ellos deben pensar que lo hago a propósito, pero no, soy inocente.
Mi pieza: los vasos casi vacíos, el cenicero rebozante de chicles, los papeles tirados todo alrededor; este guión me está matando. Olvidé, el café. ¿Cuanto café puede tomar una persona? ¡Por dios! Aun así no me despierto, no me inspiro, y el robo comienza. Eso es lo que hago, pero robar no es copiar. Las reminiscencias de ella, las intermitencias de su personalidad y sus lamentos, me las apropio impunemente. Espero no ser juzgado por ello, aunque lo seré.
No sé por qué me puse a pensar en las fotos familiares. En los interminables álbumes que nadie quiere ver. Sacamos fotos para recordar cosas olvidables, momentos fingidos, artificiales; nada más hipócrita que la pose frente a la cámara, abrazados y dejando la risa congelada (mostrando todos los dientes, obvio) por varios segundos hasta que el clic se oye y volvemos a ser nosotros mismos. Pero aun así necesito de las fotos; necesito que existan esas costumbres para escribir todo esto.
Cuando reconstruyo todo me jacto de haber armado el rompecabezas con pocas piezas; hay agujeros por todos lados pero puedo ver la imagen completa.
En la vereda está tranquilo a estas horas, ya no pasan colectivos. Acá afuera la maldita lamparita intermitente también me atormenta. Hoy no pasó el camión de basura y las moscas se amontonan en las bolsas negras.
Miraba las bolsas y sentí algo (como un deja vú, digamos), y recordé esa tarde cuando tenía 4 o 5 años. Era verano y las tardes estaban hechas de dibujos animados. Aquél día fue distinto; hacía calor y las persianas estaban bajas, y el televisor no estaba prendido. La oscuridad acechaba. Mamá estuvo siempre conmigo, pero no hablamos. Recuerdo estar tirado en el piso garabateando en una hoja de papel y ahora puedo verla, mi madre lloraba. Sé que luego fue a sacar la basura (en la misma bolsa negra) y me quedé solo. Se demoró eternamente, odiaba que me hiciera eso. La puerta estaba cerrada y me tome de la manija por un largo rato. Ahí quedé hasta que ella volvió con la misma bolsa en la mano y la dejó por ahí; nunca entendí por qué entraba la basura. Quizás es lo que hago yo, ahora.

Segundos difusos

Es como si no pudiera sostener ninguna conversación, evitar que se desbarranque y se estrelle contra la gran aspiradora que es la vida o la realidad o como quieran ignorarla. Íbamos sentados atrás, en el fondo del colectivo, allá donde somos los últimos, los que pueden ver a todos los demás y donde pasamos desapercibidos. En silencio por unos segundos (esa horrible mentira que son los segundos), descubrí o acepté que las lagunas de la mente estaban tan secas otra vez. A veces, en épocas de lluvia uno se zambulle en esas lagunas profundísimas donde no llega el sol y uno se pierde como que no sé porque se me hizo que me había perdido, pero no.

No hay nada más abominable que la normalidad. Vemos sólo disfraces, la realidad disfrazada, diría algún intelectual que empezaba a ser comprendido. A uno le enseñan a leer entre líneas, y entre esas líneas hay puntos, y entre esos puntos no hay nada más que ideología. Aun así, nunca nos sacamos los anteojos para leer.

Si hay algo que es engañoso, esa es la memoria. Es que ella reconstruye todo a su antojo, reforma los colores, las personas, los monstruos. Desearía que te acuerdes, pero sólo me quedo en el deseo de completitud. El deseo de que me reconozcas, al lado tuyo en el colectivo estoy yo sentado y ni siquiera una sonrisa disfrazada de sonrisa.

La chica olvida todo, lo reformula y me lo vende en paquetitos de diez gramos. Que fácil sería compartir experiencias envasadas, rotuladas, y adornadas pertinentemente con colores o formas o triangulitos. La chica estará pensando que yo estoy pensando en algo. El laberinto lo construye uno; uno mismo no quiere salir de él y sigue poniendo paredes y ladrillos y cemento, justo delante de donde reposa el pie derecho o el izquierdo.

Intermedio

Dicen que acá se escribieron los sueños. La luz se enciende blanca y sombría, el humo del cigarrillo nubla los pensamientos y escribir es casi un juego de a dos: el bar y yo. Me detengo a sufrir el alrededor: el ventilador detenido, el murmullo de las voces (las mismas que le dictaron a otros escritores lo que escribir), la ventana enrejada y el exterior inocente.

(Lo) escribo para no vivirlo. Sumerjo el lápiz en la hoja de papel y el bar me guía. Los parroquianos están y lo ignoran, pero lo saben. El piso de ajedrez me incita a dar la primera movida, la del golpe efectivo, y ahí nomás, entre las cenizas y el pocillo de café vacío, varios mundos colapsan en cuanto la puerta de calle se abre y se vuelve a cerrar automáticamente.

Fugaz

Ella, sentada justo frente a mí. Viajamos en el mismo colectivo, el 29, el de las 9:05, aunque nunca la había visto antes. Me acurruqué en ese lugar exclusivo para discapacitados (donde hay un símbolo amarillo pintado en el piso) y tuve toda su imagen sólo para mí. Ella había elegido el único asiento perpendicular a la dirección en que iba el colectivo. Detrás mío el sol entraba con furia y bañaba mi espalda y su cara, toda su existencia.

La miré. Debo decir que su remera a rayas negras horizontales sobre fondo blanco (como presa de algún tipo de seducción que ejercía involuntariamente, o no) y su escote particularmente abismal, me atraparon. Su ombligo expuesto, sus blue jeans, sus zapatillas blancas tipo botas, su tez muy blanca y su pelo castaño (aún mojado en las puntas), la mostraban inocente, virginal; eso agregado a su cómoda posición con las piernas cruzadas o flexionadas contra su pecho (según el momento y el objetivo), le daban un toque de despreocupado nerviosismo que me fascinaba.

Llegó el momento de las clásicas miradas y retiradas rítmicas (la miro, ella me mira, saco la mirada, ella saca la mirada, ad infinitum) como si nunca pudiéramos encontrarnos en ese instante en que los ojos de uno y los ojos de una se paralizan, se detienen en el espacio que los separa preguntándose por qué existe ese espacio, ese precipicio que era de aproximadamente 1,63 mts. pero que parecía imposible de atravesar.

Ella leía sus apuntes, deduje que estudiaba para un parcial cercano, y sin querer seguía mis miradas a todas partes (yo miraba el techo y ella hacía lo mismo, yo miraba el piso…). Se agachó para tomar su cartuchera que conservaba del colegio secundario y dejó su escote sin protección (lo hizo a propósito, estoy seguro, su secreta intención de atrapar a su presa, obnubilarme, enceguecerme y vulnerarme, básicamente). Un siniestro caballero observó lo mismo. ¡Que celoso me puse! “¡Ella es mía, no la mirés, desgraciado!”, pensé. Él la miraba con ojos libidinosos, con lujuria y perversión, eso me enajenaba. Ella se acomodó nuevamente en su posición standard y siguió estudiando.

Una señora la saludó con un beso, oí su voz y me transportó a otra parte. Ya tenía un panorama completo de quien era ella. Lo supe antes, cuando introdujo sus prolijas hojas en un folio con una dedicación y delicadeza que asombraban. Me la imaginé corriendo por los campos con un vestido largo peleando contra el viento, dejando atrás el trigo y la tormenta.

Faltaba poco para llegar a mi destino y la vi guardar sus cosas. Era posible que bajase en la misma parada que yo. Me acerqué a la puerta y esperé que ella hiciera lo mismo. Estornudó dos o tres veces y yo justo a su lado, decile salud, decile salud, decile salud, y no dije nada.

Me bajé resignado y solo, pensando que la vería en otro colectivo, otro día, pero todo sería diferente, una fugacidad, un instante en el vacío del tiempo.

aquí ahora nunca

Muchos piensan que tendrían que haber sido otra cosa, que deberían haber dedicado su vida a lo que soñaban cuando eran chicos, a lo que creían que iban a ser. Pues bien, nadie pudo haber sido otra cosa ni más ni menos de lo que es. Cada uno es lo que tendría que ser, no hay otra posibilidad: un tipo con una camisa amarilla, el mouse en la mano derecha, sentado y mirando fijo un fondo de pantalla con la imagen de una isla paradisíaca, rodeada de aguas muy azules que le dicen muy silenciosamente: nunca estarás aquí.

Triángulo

“Sólo diré que no soy una persona feliz. Sólo los imbéciles o los idiotas son felices”. –Truman Capote-

Ellas se miran, se estudian. Una parada y la otra sentada. Pasajeras de un tumulto con forma de triángulo, las dos habían cruzado el mismo puente aun no construido. El oído agudo, las miradas de reojo, la lucha en silencio de dos que se encuentran en ambos vértices de la base del triángulo, no respetan su posición geométrica e intentan tomar el vértice superior por la fuerza. Chocan.

No lo sabían pero eran amigas, no podían no serlo. Ahora son un segmento, una recta sin más puntos que ellas dos y toda la trigonometría se va a la re puta mierda. Todavía se miden, intentan reconocerse como ellas mismas, enemigas de la soledad con gusto a ron. Ahora se miran y secretamente se agradan, aunque no lo demuestran con palabras, nada de que divina, nada de flores, nada de nada.

Satán en...

Antenas. ¿Qué estará pasando por aquí? ¿Por los azulejos, por la ropa, por el mismo cuerpo? Ondas que atraviesan los espacios, todo está contaminado, tal vez. Pero las antenas miran al cielo, serán religiosas, que sé yo.

Diario

Dejó el cuchillo y la taza en la bacha; les pegó una lavada. Miró alrededor el silencio y se sentó a leer el diario de hoy. Página a página sintió los embates de la guerra; fue un soldado herido; un campesino despojado de su tierra; un miserable asesinado por unos centavos en Villa Celina; un desaparecido que recuperaba su identidad; una familia destrozada por un misil en segundos. Posó su mirada en los avisos fúnebres; estrella, cruz, cruz, estrella, cruz. En el cuarto de al lado, la noticia de mañana agonizaba de cinco puñaladas.

La insoportable sensualidad de las tortitas

Cándido Fernández era panadero. Entre sus exquisiteces se contaban unas tortitas alemanas que había aprendido a hacer en Frankfurt cuando hizo el curso de pastelero (pagado por la herencia que recibió de su padre, un liberal oligarca de principios de siglo) hacía ya muchos años, cuando todavía era un purrete sin malas intenciones.

Corrían los cincuentas, y resulta ser que este individuo era conocido por adulterar los ingredientes de la receta original (celosamente respetada por quien se precie de ser un panadero con todas las letras), agregándole un toque de un condimento afrodisíaco secreto, y las chicas que las compraban (en el barrio eran muy populares sus tortas alemanas) solían probarlas ahí mismo (ansiedad, que se llama) reaccionando ante el mostrador con una excitación ¡que te la voglio dire!, como diría mi abuelo italiano. Muy rara vez Cándido se aprovechaba de las chicas (en general, disfrutaba viéndolas contornearse sensualmente – un voyerista, el Don Candido -), aunque supo tener sus aventuras en la parte de atrás con la masas secas dando vuelta, el horno prendido y alguna que otra baguette ambientando el bulín/cocina.

Lo peor llegó cuando el sátiro panadero empezó a atender a las chicas, sus madres y sus abuelas. Todas querían estar con él y no daba abasto. Pero no podía cambiar la receta, era un éxito y las tortitas se vendían como pan caliente. Incluso, con las ganancias de las altas ventas, había remodelado la parte de atrás, de forma tal de poder atender a sus clientas con mayor comodidad.

Cándido era un sex symbol y todo se lo debía al ingrediente secreto, ya que antes no le iba muy bien con las mujeres. No se le conoce ninguna novia, amante o “amiguita” con la que haya estado previamente. Ahora estaba enfermo de sexo, necesitaba ser internado, no podía controlar su adicción, digamos.

Moralmente hablando, era cuestionable lo que hacía, pero comercialmente era un éxito. Y sexualmente también. Era frecuentemente invitado a comer a la casa de sus clientas y, por supuesto, llevaba sus tortitas de la suerte.

Cuando se devaluó la moneda, allá por los sesentas, el ingrediente secreto de las tortitas, el cual era importado, se tornó inaccesible para Candido. Considerando este problema macroeconómico, decidió seguir produciendo las masitas igualmente, sin incluir el raro elíxir al que le debía su exito con las mujeres. Ellas siguieron exitándose cada vez que iban a la panadería, lo veían a Candido y probaban sus tortitas.

Candido Fernandez nunca probó su especialidad, temía que no le gustase.

Afonía

Brillaban las primeras luces de la noche cuando sucedió aquello. La brisa movía el pasto como si se unieran juntos en una danza coordinada, de aquí para allá. La luna no aparecía, como si se escondiera, como si no quisiera estar presente para verlo. Un hombre caminaba como fardo que cruza la ruta en el campo desierto. Todo esto a través de la ventana de esta habitación. Aquí dentro era totalmente distinto. Aquí dentro no había nada que brillara ni viento que soplara ni hombres que pasaran. Aquí dentro, donde estoy desde aquel día, el tiempo no pasa ni los espejos se detienen a mirarnos.

Todo me lo contaron, todo me lo enseñaron los otros, los que se acercan y me hablan pero no me escuchan. Aun les creo porque tienen más “brillo” que yo. Y la ventana…si tan sólo pudiera abrirla.

Suena el teléfono. Odio ese sonido, tal vez porque no puedo atender, tal vez porque no es una llamada para mí. Siento no haber tratado de desambiguar todo esto, aquí nadie tiene el lugar asegurado, pero se muy bien que cuando esa pared se mancha, otro más como yo ha caído.

Ahora mismo, lo se, lejos de aquí, la furia se desata, y si fue suficiente el relato, diría que estar vivo no es tan malo como la minoría cree. Uno ya no tiene necesidades que satisfacer, y como si esto fuera mucho, uno ya no tiene nada que hacer.

Personalmente, no recuerdo haber estado en otro lugar, pero me gusta estar aquí sin decir nada y sin aclararles que fue lo que pasó aquella noche.

Tornillo

Si te dispones a desarmar un artefacto eléctrico que creés roto, aun teniendo todas las habilidades requeridas e ilusiones de lograr repararlo, te expones a empeorar las cosas dramáticamente. El artefacto andaba perfectamente, pero esa sensación de que nunca nada está completamente como debería estar o ser nos obstruye el camino hacia la felicidad entre el aparato y uno. Algunos desperfectos pueden ser arreglados rápidamente: desarmar, limpiar y volver a armar. Ese era el plan.

Lo desarmé con cuidado, saqué tornillo por tornillo y, claro, uno cayó inevitablemente al piso. Es sabido que tornillo que cae al piso, desaparece inexplicablemente. Continué con la tarea, y pospuse la búsqueda para más adelante. Cuando hube terminado de limpiar y poner cada cosa en su justo lugar (siempre dejo las cosas tal como las encuentro), emprendí la exploración. Moví sillas, camas, lámparas. Gotas caían por mi sien, era importante que el armatoste volviera a estar completo. Hice mover gente, árboles y montañas, y el tornillo, al final apareció al lado de la pata de la heladera, como era de esperarse.

Tomé el destornillador philips, y atornillé una y otra vez. Al estar el tornillo firme y difícil de atornillar, esbocé una sonrisa y por algo llamado compulsión hacia la perfección (pensaba que cada tornillo debía estar bien ajustado, lo más ajustado posible, nunca era suficiente, necesitaba una confirmación, algo que me indicara el ajuste ideal), continué atornillando. Éste continuó su camino hacia el otro lado y destruyó la cavidad donde se insertaba.

Hay que saber hasta donde se puede o debe apretar un tornillo, si continuás buscando la perfección, lo que encontrarás será un paseo a la tienda para comprar otro artefacto que reemplace al que rompiste intentando arreglar algo que no estaba roto.

Subte

Nos refugiamos en el subte porqué nos dijeron que evacuemos nuestros hogares. Los medios preveían un ataque inminente contra la ciudad. Sólo un loco se quedaría esperando la muerte. El subterráneo fue el lugar elegido por miles de individuos. Los túneles tenían un aspecto surrealista al ser transitados por cientos de personas con sus linternas. Parecíamos estar a salvo, las bombas no nos harían daño.

Durante las primeras diez horas los nervios gobernaban nuestros cuerpos, aunque todo fue muy organizado. Llegamos a la mitad del túnel y nos detuvimos a esperar. “¿A esperar que?”, me pregunté mudamente. “El ataque está cerca”, murmuró aquel que estaba a mi lado, respondiendo sin querer mi pregunta.
El piso estaba húmedo, inundado diría. Las condiciones sanitarias ya eran alarmantes. El olor y el miedo petrificaban a la gente, que imploraba al todopoderoso que todo acabara pronto. Me permití dudar del ataque, por lo menos internamente.

Si sobrevivimos a la bomba, el miedo se instalaría entre nosotros. ¿Como viviríamos? Las primeras bombas serían todo un acontecimiento, pero que pasaría luego, si caía una bomba y despedazaba a alguien mientras estábamos en el cine. ¿Que haríamos? Sacarnos los pedazos de tripas de la cara y continuar disfrutando el film. Me alarmaba lo insensible de seguir con la vida mientras todo moría a tu lado. Ellos ya ganaron. Nuestros nuevos fantasmas, el verdadero miedo, es el miedo a vivir con miedo sin saber con miedo a qué.

Ineficacia

Una lata oxidada, un pedazo de papel viejo con una lágrima incrustada, un amigo que ya no te responde el llamado, una paloma a la que le faltan las alas, un libro al que le arrancaron todas las hojas, un payaso que ya no hace reír, una fiesta acabada, un siglo de guerras. Todo esto es triste porque es poco original. Pero lo más triste es que no estoy lo suficientemente triste para escribir algo muy triste.

Los blancos

Vivir en el pueblo era ser feliz. La gente se reunía en las veredas a la tarde, caminaba por los senderos y esperaba la caída del sol para empezar a comer. No se necesitaba de mucho esfuerzo para satisfacer a los pobladores: una buena charla, un partido de truco o simplemente, vivir simplemente.

Todo un mundo de relaciones y sucesos que se vieron opacados con la llegada, aquella tarde, de varios autos negros. De cada uno de ellos descendieron 4 hombres completamente vestidos de blanco, en lo que se refiere a traje, corbata y sombrero. Lo primero que hicieron fue convocar a una asamblea en la plaza central.

Puntualmente, a la hora de la caída del sol (olvidándose de verlo ocultarse), los curiosos habitantes dijeron presente en la plaza. Tras un atril, uno de los hombres de blanco, el único que llevaba unos anteojos negros, fue el que habló.

- “¿Todos ustedes son felices, no?, preguntó ante un atronador “sí, señor”. “Bueno, en verdad, no lo son. Ustedes no saben lo que es la felicidad. No lo saben porqué nunca la sintieron. Puedo decirles que su visión de mundo es respetable pero obsoleta, y no es la nuestra. Estamos aquí para generalizar una nueva visión de mundo. Voy a ser con ustedes lo más directo posible: queremos crear conciencia, un imaginario y un sentido colectivo nuevos para construir un mundo diferente. Y empezaremos por ésta villa”, reveló ante una muchedumbre que se acrecentaba y oía atentamente. “Sabemos, porque algunos de ustedes nos lo comentaron, que algunas de las casas que están allá en el fondo están desocupadas. Queremos montar nuestra base de operaciones ahí, claro, si están de acuerdo. En unos días les comentaremos más detalles de nuestro proyecto. Ahora pueden dispersarse”, y los blancos, como se los empezaba a denominar, se subieron a sus autos y desaparecieron.

Más tarde, ese mismo mes, los planes fueron develados y los pobladores, primero escépticos pero paulatinamente muy interesados, compraron la idea como si la felicidad se pudiera medir con tiempos o palabras. Los blancos nunca más dieron la cara, se esfumaron como si fueran dioses o magos. Y el sol no salió más.

Ahora, yo les hablo desde aquí, detrás de este mostrador que se ubica en lo que antes era mi cuarto, y espero la felicidad. La felicidad que me vendieron, ahora yo la vendo. Espero que un comprador entre a éste complejo, emplazado sobre lo que era mi pueblo, y se congracie con los productos. Enfrente, los demás pobladores con sus sonrisas a cuestas, las que le obligan a tener, también venden ilusiones. Lo confieso, me gustaba ver el sol caer, sólo que estas paredes que pusieron los blancos, son muy blancas y muy gruesas como para siquiera intentarlo. Así que me conformo con esperar que todo vuelva a ser como antes. Que otros hombres, vestidos de cualquier otro color, aparezcan súbitamente y nos devuelvan la infelicidad.

Fluir

Subimos al colectivo, está vacío. Parada, fila interminable de seres humanos. Completan la capacidad disponible en milisegundos, y siguen subiendo a borbotones. Se acomodan cual piezas de tetris, no queda espacio vacío. Somos claustrofóbicos y gentefóbicos, aire, por favor. Para bajar, es necesario nadar, está densa la masa, lo logramos.

En la calle, similar situación. Unos se chocan con otros, no hay espacio para caminar, hay que esquivar, y los bloqueos de acera son frecuentes. Observamos la salida del subte en hora pico y la gente fluye como líquido a presión, como escapándole al que viene atrás.

En el shopping, los pasillos anegados nos invitan a no entrar. ¿De donde sale toda ésta gente?, nos preguntamos. Aunque formamos parte del mare mágnum.

Quizás, a la mañana nos quedamos viendo el fluir del agua por la canilla, o en la pileta cuando vamos a nadar, o cuando alguien sirve líquido en un vaso. Y el agua nos atrapa, nos condiciona. Queremos ser agua, no hay duda. Fluir como ella por los infinitos canales de la vida y nunca detenernos, nunca evaporarnos. Ahogarnos en nosotros mismos. Ocupar inmediatamente todos los lugares vacíos, porqué el agua hace eso, no soporta la ausencia, su ausencia.

Cerrado por vacaciones

Estaba leyendo Rayuela de Cortázar. Me detuve al comienzo del capítulo 17. Allí, Gregorovious se jacta ante la Maga de saber lo que le pasa a Oliveira. A continuación cito a don Julio:

- Usted ha repetido varias veces la palabra “cosa” – dijo Gregorovious-. No es elegante pero en cambio muestra muy bien lo que le pasa a Horacio. Una víctima de la cosidad, es evidente.
- ¿Qué es la cosidad? – dijo la Maga.
- La cosidad es ese desagradable sentimiento de que allí donde termina nuestra presunción empieza nuestro castigo. Lamento usar un lenguaje abstracto y casi alegórico, pero quiero decir que Oliveira es patológicamente sensible a la imposición de lo que lo rodea, del mundo en que se vive, de lo que le ha tocado en suerte, para decirlo amablemente. En una palabra, le revienta la circunstancia. Más brevemente, le duele el mundo.

Exactamente es eso. El mundo y sus vaivenes impredecibles, imponderables. Raramente controlamos la situación, que se va de las manos como gelatina. Todos estos días, estas cosas, ¿de donde vienen? Ni destino ni libre albedrío. Acá hay otra cosa, ¡dejémonos de joder! Desearía haber nacido diez minutos antes o después. La circunstancia de haber nacido en el momento en que nací me condiciona para siempre.

Si hubiera sido diferente: no me detendría siempre el semáforo en rojo; no encontraría a otros peatones que vienen en sentido contrario en el preciso lugar donde la acera se angosta misteriosamente por algún obstáculo y debe pasar uno u otro; no iría justamente detrás de la persona que en su andar se detiene imprevistamente debiendo yo hacer una maniobra elusiva para no atropellarlo; no vería la triste colilla de cigarrillo abandonada rodar aun encendida por el pavimento; no le prestaría atención a aquellas luces rojas y verdes poco valoradas que son las que se encuentran al costado de los garajes; no me preocuparía por perder la silla que acabo de abandonar porque habría otra silla disponible; evitaría el dolor de la mirada de ella perdida en las innumerables seducciones ajenas a mí; y tantos otros etcéteras.

¿Qué me garantiza que sería diferente? Nada, quizá. Es como ves el mundo lo que te condiciona. Pero la paradoja se pone jodida: ¿nos salen mal las cosas porqué vemos el mundo así o vemos el mundo así porqué nos salen mal las cosas? Ninguna respuesta, por ahora.

Lo trágico de todo esto se formula en preguntas: ¿Como vivir en un mundo en donde lo ya establecido no se puede cambiar? ¿Como contentarse con no obtener lo que se desea, contemplando lo ya decidido y no pudiendo hacer nada para modificarlo? ¿Cómo observar lo inevitable, escurriéndose el tiempo desesperadamente, no pudiendo volver atrás para cambiarlo cuando era posible, adoptando una pasividad resignada a la nada?

Dicen que dicen que cambia, todo cambia. No se si es tan así. Hay cosas que parecen irrompibles y si se rompen existe “la gotita”.

Y todo nos lleva a la muerte. Me preguntaba si ella medirá el tiempo en años, meses, días, horas, como nosotros. O tal vez su unidad de medida sea evitarle a uno las circunstancias, evitarle a uno el dolor de sentir que lo que ya es no será de otra manera.

Palabras postergadas

Charly había estado recluido en su habitación casi toda su vida. Un día salió o lo dejaron salir. No había hablado jamás con nadie. Tenía las palabras postergadas.

Fue a una plaza y se sentó al lado de una chica bonita. Dijo sólo “hola”, y Marisa, la chica bonita, empezó a contarle toda su vida, dejándole a Charly sólo breves espacios de silencio entre oraciones, suficientes para decir “aja”, o asentir con la cabecita. Marisa iba por su fiesta de quince, sin embargo, Charly no aguanto más, se levantó y se fue.

Llegó a un bar y pidió sentarse con unos abuelos que tomaban ginebra y gritaban mucho. Escuchó atentamente lo que decían, pero nunca le dieron lugar a sus palabras. El debate sobre los burros era aburrido, sobretodo porque, según la mayoría, el caballo que llevaba todas las de ganar se llamaba Aburro. Se tomó otra ginebra, se levantó y se fue.

Caminaba solo por la acera, con un dolor interior. Supuso que eran las palabras postergadas que hacían presión por salir. Temía explotar en cualquier momento, así que se compró una faja y se la puso alrededor de la cintura.

Vio, a lo lejos, una forma de hablar. Tenía que haber algún lugar donde uno pudiera quejarse libremente y ser escuchado. No existe tal lugar, al parecer. Debería ser el Congreso o alguna asamblea. Abrió una asamblea en la plaza, empezó a hablar pero nadie lo escuchaba, era inútil, si lo que necesitaban sus palabras postergadas era ser escuchadas, no sólo fluir por ahí a la deriva. Se cansó y dejó la plaza.

Se fue al desierto. En un radio de cientos de kilómetros había sólo soledad. Se sentó en el piso y se concentró. La faja se rasgaba y su boca ya no podía contener esa marea. Un tsunami de palabras emergió por su boca inundando el desierto y generando una inmensa ola que se dirigía hacia la ciudad más cercana, prometiendo una catástrofe lingüística. Las palabras, ardientes por la presión que ejercían por salir, eran una suerte de lava hirviendo más que pura agua cristalina con letritas.

La vorágine llegó a la ciudad arrasándola por completo. El continuo bombardeo de palabras carbonizaba la cabeza de la gente convirtiéndolos prácticamente en peleles inertes deseosos de consumir ansiolíticos y electrodomésticos.

Charly, que había sido un proyecto científico ultra secreto financiado por una multinacional capitalista, fue a la central en Manhattan y cobró su cheque por los servicios ofrecidos. Se contrató un psicólogo y vivió más o menos tranquilo con su mujer, dos hijos y un jardín muy verde.

La miserable vida del mouse

El mouse es un artefacto de los más sufridos en nuestra vida posmoderna. El pobre se la pasa siendo arrastrado como un roñoso, teniendo en cuenta que una mano de su mismo tamaño lo encierra cual reja. Esta mano-reja, frecuentemente sudorosa y derecha, le hace la vida muy difícil a nuestro ratoncito. Lo hace sentir como en un sauna, con los vapores que emana al friccionarlo constantemente.

Pero sin dudas la mayor humillación es que lo estén golpeando infatigablemente con el dedo-barrote índice una y otra vez sobre lo que sería su extremidad izquierda. El ruido con forma de “clic” es evidentemente el grito de auxilio y angustia del pequeño. Sin embargo, todos lo consideran como una señal de que la acción se ha ejecutado con éxito.

La suciedad acumulada en su lomo es un problema grave para el ratón, que periódicamente es limpiado por su amo-usuario. El momento más dramático es cuando, para higienizarlo, le abren el compartimiento inferior y le extraen la bola de goma y metal que tiene por corazón. Es casi para llorar. Él queda tan indefenso e inmóvil, casi inservible, inerte. Y lo peor es que algunos ni siquiera lo limpian, sólo lo desconectan y lo tiran a la basura para suplantarlo por otro nuevo y brillante.

Su pseudo cola, no es más que la cadena que lo ata al calvario, la que no lo deja escaparse, pero también la que le da energía para seguir existiendo. ¡Vaya dilema para el roedor!

Ojalá exista el día en que se libere del cable-cola-cadena y suelte su corazón-bola a andar por ahí, por los campos externos a los que no está acostumbrado, porque todo su universo terrestre es un mouse pad acolchonado.

Guerra Fría

Nuestra relación era política. Como nostálgicos que éramos de los tiempos de la bipolaridad, la diplomacia de la no agresión primaba entre nosotros. La nuestra era una guerra fría. La zona de influencia era extensa, cada uno dominaba ciertos temas, y había un entendimiento tácito de que ninguno de los dos intentaría entrometerse en los espacios del otro. Nuestros aliados, las palabras y los susurros, eran leales, pero cada tanto se nos escapaba algún intento de seducción para con el otro que terminaba en un punto muy tenso, casi al borde de estallar todo por los aires.

Ella era respetable, una bomba atómica de deseos y perdones, y yo tenía lo mío. Disuadirla de que utilice su poderío era mi objetivo. Nuestro despliegue estratégico nos convertía en potencias, pero sabíamos de nuestras limitaciones y del riesgo de entrar en un conflicto bélico-amoroso. No era un buen momento para jugar a la guerra.

Así que cada uno jugó su papel con las armas que tenía a mano: espiar la vida del otro para conocer sus movimientos antes de que realice cada jugada; contenerla en su expansión sobre mi vida como ella lo hacía conmigo; persuadirla ideológica y psicológicamente, todo un trabajo fino que me llevó años; y subvertir a aquellos de mi entorno que no aceptasen mis reglas amorales. Claro, ella también lo hacía.

Un día comprendí el carácter cíclico del vínculo: un primer periodo de distensión, un enfrentamiento moderado, falto de conflictos y la utilización de un lenguaje afable y muchas risas. Una segunda etapa en la que aparecen signos de tensión en el lenguaje, en los gestos, en lo que el cuerpo expresa. Le sigue a este un periodo de conflictos localizados en temas puntualmente fisiológicos o carnales, cada uno retaceará su atención y su entrega al otro, como así también provocará celos y angustias varias. La tensión presente culminará con un conflicto caliente, una etapa en la que estamos al borde del enfrentamiento bélico-amoroso directo, un momento único en su especie, en donde los dos nos reconocemos distantes y extraños, mas también inseparables. Yo acerco mis misiles a sus costas y ella pone el grito en el cielo. Luego, todo vuelve a comenzar.

El muro se levantó pronto, era de esperarse, y el libre transito entre nosotros se vio reducido notablemente. Mi territorio sufrió las consecuencias de un reparto desigual, condicionado por mis creencias, mis actitudes, a la completa y eventual desaparición. Ella, por el contrario, estaba en su mejor momento. Llena de luces y poemas, largos discursos dirigidos a pequeñas masas y la convicción de que ganaría la guerra.

Yo entregué las armas y ella me compró con televisores, tostadoras y un jardín muy verde. Ganar debe tener un sabor dulce y melancólico, perder tiene el sabor nostálgico de que nunca más se repetiría lo que era. Nunca llegamos al enfrentamiento caliente. Nunca lo intentamos, por miedo, por cobardes quizás, pero mejor así…

Baldosas

La piedra caliza infectada por zapatos y pisadas inacabables aguanta el sufrimiento. ¡Es tan dócil! Su ánimo de camino se confunde con su estatismo pueril y adormecido mientras la noche la baña en lunas llenas y menguantes. Los días de plata ya fueron, ahora es una más en la acera al lado de otra y otra que no eligió estar junto a ellas. Chicos de rayuela diurna no la pisan, la evitan, la dejan libre.

Sus límites complican a transeúntes obsesivos que siguen sus mareos para evitar sus líneas. Raspando excrementos que disfrazan su pesar de sociedad enferma.

Estuvo alguna vez mirando soles y montañas y valles. Hoy mira por entre las piernas de mujeres de polleras afloradas inquietas porque las vean mostrar sus mares. Entusiasmo de piedra y riñones que muerden el suelo clandestino.

Y la lluvia la baña, la afloja para pervertir su función y ahora ensuciar al transeúnte que alguna vez se aprovecho de ella. Una venganza secreta que justifica sus débiles respuestas espontáneas a lo injustificado.

Lo curvo no existe. El cuadrado matemático habla por hablar y estructura el todo urbano. Como unidad básica de la sociedad, la baldosa, se asienta y sabe que un temblor la inutiliza, la gente que no levanta los pies para caminar la arrastra, las mujeres con tacos la apuñalan y sangra polvo y agua o lodo.

Ve huir y cambiar y saltar, pero se queda paralizada en espasmos orgásmicos interestelares superfluos. ¿Qué sabe ella de distancias?, si el cordón está lo más lejos que se puede estar cuando uno es inerte.

Incendio en mi cabeza

Aburrirse en la oficina predispone a la gente a hacer volar su creatividad. Decidimos ir a fumar un cigarrillo para pasar el rato. Bajamos un piso y nos detuvimos en las escaleras del 8vo. piso. Mientras fumábamos, con esa mirada de fumador que parece que piensa las cosas más profundas, pero no es tan así, se nos ocurrió, dejándonos llevar por el momento, la forma de incendiar el edificio donde trabajábamos. Lo pensamos cuidadosamente: en la escaleras, entre el 7mo. y 8vo. piso había un hueco recubierto por una reja que pertenece al conducto por el que circula el ascensor. Ahí dentro, por alguna razón que desconocemos, había una mesa de madera bastante destruida. Lo que proponíamos era rociar la mesa con kerosén, filtrar un fósforo encendido por la reja y salir a comer. El incendio tardaría en propagarse, por lo que nosotros estaríamos bastante lejos cuando eso ocurriese. Lo importante era asegurarse que nuestro jefe estuviera presente en el momento del siniestro, incluso, pensamos en encerrarlo para que no pudiera escapar. Luego, nos reímos de nuestra fantasía y de cómo sería imposible determinar a los culpables.

Al día siguiente, cuando volvíamos de comer, vimos de lejos como salía humo del edificio donde trabajábamos. No podíamos creer lo que estábamos viendo. La mente nos carcomía por el hecho de haberlo pensado un día antes. No había nada que temer, sólo nosotros sabíamos de aquel plan ficticio que se nos ocurrió, sin embargo, nos sentíamos culpables. Nos fuimos lentamente del lugar para dejar trabajar a los bomberos y a la policía. Al parecer había muchos heridos, y la situación no estaba todavía controlada. Mi compañero ofreció llevarme en auto hasta la parada del colectivo, eran sólo cuatro cuadras, pero acepté. Cuando llegamos a la parada, lo saludé y baje, al cerrar la puerta vi una pequeña lata de kerosén tirada en el piso justo detrás del asiento del acompañante.

Me sorprendí pero no dije nada. Sólo caminé rápidamente de nuevo hacia mi oficina, tenía que contarle a la policía lo que había visto y sabía. Cuando llegué, fui detenido inmediatamente, delatado por mi compañero, que se me había adelantado. El les contó como un día antes había planificado todo, comprado la lata de kerosén y como lo había amenazado para que guardará el secreto. Así que, ya ven, nunca confíen en un compañero de oficina.

Avión

Christian se fue a dormir con la ilusión de que su avioncito de juguete volaría de nuevo. Poco antes, una caída libre desde lo alto del placard lo llevó a estrellarse a pocos centímetros de la pata de la mesita de luz. El equipo de rescate, liderado por Christian, había llegado enseguida para presenciar la catástrofe: las alas se habían desprendido, el fuselaje parecía ahora un tubo de pasta de dientes todo retorcido. No había sobrevivientes pero el que más sufrió fue él, incluso lloró. Luego, se acostó y se concentró en su avioncito.

Cerró fuerte los ojos y lo vio volar otra vez. Por un momento pensó que al levantarse, estaría reparado y listo para despegar. Pidió a Dios que así fuera.

La mañana siguiente, se despertó y se dirigió lentamente hasta el lugar de la tragedia donde encontró la misma situación que el día anterior. Tiró el avión a la basura y abrió otra de las cientos de cajas que contenían aviones, tragedias, ilusiones.

Dios me ayude con el título

La agonía del Santo Padre se extendió durante semanas. Los fieles agolpados en la plaza San Pedro permanecieron inmóviles esperando cualquier noticia proveniente de la segunda ventana del edificio principal, la única iluminada. Las cámaras, que estaban dentro del cuarto, registraban todo lo que sucedía y lo transmitían a millones de televidentes en todo el mundo, que serían los primeros en presenciar la muerte del pontífice.

Las paredes del cuarto estaban por completo empapeladas de avisos de los sponsors que habían invertido mucho dinero en este acontecimiento único. En las tandas publicitarias, tanto radiales como televisivas, podía oírse: “Auspician ésta agonía, Sotanas Satanás, Vinos Sangre de Cristo y Nueva Biblia Edición 2005 que contiene los nuevos y temidos pecados informáticos”.

Los médicos habían advertido a la audiencia que no había ninguna esperanza que el Papa se repusiera. Sólo un milagro podría salvarlo. Poco antes de morir, el hombre en su agonía, habló. Sus últimas palabras fueron: “No creo en Dios. Dios no existe. Adiós”.

La multitud en la plaza y los millones de televidentes quedaron atónitos y perplejos. El mismísimo Papa que había conducido la iglesia por tantos años se había declarado ateo. Los cardenales, rápidos de reflejos, dijeron que el viejo no sabía lo que decía, que era un hombre enfermo, que estaba confundido en sus últimos momentos. Las mismas palabras que se utilizan para cualquiera que rechace el dogma.

Vaya situación para la institución religiosa, encontrarse con la muerte de su líder y, al mismo tiempo, una amenaza seria de bancarrota de su negocio millonario. Así que cortaron la transmisión dejando desamparados a miles que, sin Dios y sin televisión, buscaron desesperada y rápidamente algo en que creer.

Puente

Varias personas se habían agolpado en la entrada al puente. Los que pasaban por el lugar, al ver el amontonamiento, y víctimas de la curiosidad, se acercaron para acrecentar la multitud. De pronto, algunos se dispusieron a cruzar hacia la otra orilla. Se pusieron en fila porque, algunos que habían llegado primero, hicieron valer su prioridad de paso. El puente, de unos trescientos metros, unía las tierras separadas por el río, era de madera y tenía barandas de soga a ambos lados. No era muy ancho y soportaba una capacidad limitada de peso sobre él al mismo tiempo. Igualmente, los ingenieros (siempre hay alguno cerca) ya habían calculado los posibles y peores escenarios que podrían presentarse, pero estaban seguros que el cruce sería un éxito. La columna se enfiló y comenzó el largo trecho de cruzarlo.

Todo parecía salir según los cálculos, pero cuando habían avanzado poco más de cien metros, los del frente detuvieron su paso ante lo que habían visto más adelante. Miraron para atrás, para tener una idea de la magnitud de la muchedumbre, que por cierto, estaba compuesta por miles en ese momento. Como no podían avanzar, gritaron para que se detuvieran los que venían detrás. Ya era demasiado tarde, la gente no se detendría ante nada.

Una suerte de avalancha aconteció y algunos pasaron por encima de otros. Los primeros, que bloqueaban el paso, gritaban:
– ¡Pero es una locura! ¡Que se detengan éstos incivilizados!

Los de atrás, apelaron al lema más conocido del show business, “¡El show debe continuar!”, y seguían su marcha como enceguecidos, sin reparar que los que tenían al costado caían, a raíz de la presión sobre la baranda, como lluvia hacia el río. Los del medio invocaban a la fe para seguir, “¡Hay algo más allá, todo responde a un orden superior, del otro lado del río está el paraíso!”, y continuaban su marcha. El caos era cada vez mayor.

Algunos más escépticos decían, “El puente no existe; si existiese no podría ser conocido; y si pudiera conocerse, no podría ser comunicado”, y arengaban a la masa para que no mirara para abajo ni para el costado y siguieran adelante. Incluso alguien lanzó una piedra hacia el frente y la misma volvió para golpear al lanzador en el mismo instante en que ésta debería haber llegado a destino. Las barandas cedían y todo se tambaleaba horriblemente.

Otros, más racionales, viendo el peligro que se presentaba, clamaban, “¡El puente, luego existo!”, sabiendo que, sin éste, ya nada tenía sentido. Mientras, usaban métodos de medición muy precisos para pronosticar cuanto le quedaba de vida a ese paso.

Muchos diferían en los motivos, pero la mayoría consideraba como normal, correcto y aceptable cruzar el puente. Era lo que habían aprendido y no lo cuestionaban.

Los del frente, alarmados, increparon a los demás, “¡Los que se caen son idiotas! ¿No saben que éste lugar ya está ocupado? ¡Este puente lo construyeron nuestros antepasados! ¡Lo están destruyendo! ¡Bárbaros!”, y se callaron. La obstrucción era de proporciones titánicas, y lo que impedía el paso, que estaba un poco más adelante, era ahora notorio para toda la multitud.

En sentido contrario venía la misma muchedumbre. Cual espejo, se comportaba exactamente igual y gritaba idénticas proclamas. El obstáculo, en realidad, era verse observados por sus otros yo. Hubo un momento de silencio en donde cada uno intentaba reconocer su otra parte del otro lado del puente. Sólo al verse comprendieron lo que estaban generando. La mitad empezó a reírse, la otra mitad se asustó y la otra mitad sencillamente no hizo nada. El puente comenzó a resquebrajarse por el medio aunque les dio tiempo para que, en forma ordenada, cada uno volviera hacia su orilla sano y salvo. El puente cayó finalmente y arrastró consigo la historia de ese paso. Cada uno de su lado, nunca más se vieron las caras, pero siempre llevaron consigo, desde ese día, la imagen inequívoca de que su ser no terminaba en ellos mismos.

Sótano

Dicen los que ingresaron en el sótano, que al entrar ya no se puede salir, que la mejor forma de evadir su oscuridad es familiarizarse con ella, hacerse oscuro, liberarse uno de su propia sombra. Son mitos como muchos otros, creo.

Bajé las escaleras huyendo de la claridad enceguecedora de la superficie. Allí abajo, la inmensa oscuridad te envolvía. Pasé un tiempo recorriendo los rincones de aquel lugar que, por cierto, era enorme, frío y húmedo hasta los huesos. Cada tanto, escuchaba voces, susurros ininteligibles. Una gota de agua golpeaba contra el piso y parecía medir el tiempo muy precisamente, fue hacia allí mismo donde me dirigí.

A medida que el ruido de la gota se hacía más intenso, una pequeña luz empezaba a divisarse. Ahí, la vi. Una personita sentada en el piso se aferraba a una diminuta lámpara como si su vida dependiera de ello. Tímidamente, me senté junto a ella. Por un rato, ninguno de los dos nos movimos ni dijimos una sola palabra hasta que levantó la lámpara, me enseñó su cara y ella vio la mía. Sentí que la conocía desde siempre: su cuerpo-poesía, su feliz tristeza, su estar como ausente.

Me hizo una seña y salimos a caminar a través de la oscuridad con su farol, que nos guiaba entre lo tenebroso de ese universo. Era nuestro farol, y su luz nos daba calor. Casi no hablábamos, no lo necesitábamos: con sólo mirarla sabía lo que pensaba, y viceversa. Íbamos juntos sin separarnos, realmente me sentía acompañado con ella. Los gestos, las risas, las casualidades. Todo estaba en su justo lugar. Ella era verdadera, yo era casi feliz.

Había más gente alrededor, se los podía oír, pero éramos como las dos últimas personas de la tierra. Aunque cada tanto se acercaban algunos deseosos de ver el camino, no compartíamos nuestra luz con nadie.

Fueron las palabras las que desataron el escándalo. Ella apagó la luz repentinamente. Nunca supe por qué lo hizo. Dijo que no quería recordarme. Luego, sólo la voz y el tacto nos conectaban. Tomé el farol con mis manos e intenté prenderlo otra vez. La llama, mucho más tenue que antes, y su encendido repentino llamó la atención de muchos que se acercaron a nosotros. Miles de caras y voces se interpusieron. Pude verla alejarse lentamente hasta que la oscuridad la absorbió. Grité su nombre (que no repetiré aquí) pero no tuve suerte, la había perdido en un océano de gente.

La luz se fue apagando y la multitud se fue alejando hasta quedarme completamente solo. Vagué sin rumbo, no podía distinguir las distancias, más allá una llama se encendió.

Me acerqué para verla ya acompañada por otro de los habitantes de la oscuridad. Intenté los mismos gestos, risas, casualidades, pero esa luz ya no era la misma. Sentí que el corazón y el estómago se comprimían, la tristeza más infinita, la incomodidad absoluta. Yo ya no pertenecía a ese lugar.

Me alejé hasta hacerme oscuro. Subí las escaleras a rastras, y contrariando al mito, crucé la puerta para salir a la superficie luminosa. Al atravesar el umbral, un haz de luz quemó mis retinas. Sufrí una perdida de memoria momentánea, y sin proponérmelo, fatídicamente me encontré de nuevo en el sótano. Otra vez las voces, la gota, la personita aferrada a la luz en sus manos.

Previsión

Ustedes saben de aquel extraño suceso que consiste en imaginar el futuro inmediatamente próximo. Sentir que se lo está viviendo para luego volver a la realidad y aliviarse tremendamente.

Ayer estaba precisamente viendo a mi compañera de oficina desenfundar una cuchilla para cortar papel. Cuando comenzó a bailar con el arma (es sabido que no deben hacerse movimientos bruscos con elementos cortantes en la mano, lo sabría hasta un chico) supe que ésta era una de esas visualizaciones con las que el cerebro nos engaña. Ella seguía revoleando el cuchillo y yo empecé a preocuparme gesticulando con mi cara.

Fue gracioso que me diera de lleno en la yugular, verla retroceder espantada ante la sangre. Yo me agarraba el cuello y me reía de lo estúpida de la situación. Iba a morir desangrado. Ya me veía yendo al hospital y explicándoles a los médicos como una desequilibrada me había cortado por moverse neciamente con una cuchilla.

Así que apelé a la vuelta a la realidad y el posterior alivio. Pero la sangre seguía brotando. Estaba atrapado en mi propia visión, no podía apretar deshacer (estos sueños son la única situación en que el comando deshacer del teclado puede aplicarse a la vida diaria) y liberarme.

Me dejé llevar por la situación. Aquí estoy, al día siguiente, con diez puntos de sutura en mi cuello y ella que sigue jugando con el cuchillo por ahí.

Siete segundos

Siete segundos después de la nada no hay vida.
Sólo un tímido respiro, un latido, un grito que rompe la monotonía.
Y es fácil crearse uno mismo, las partículas se unen,
se abrazan, se impregnan de luz maternal.

La soledad del todo deseo.
No hay lucha, hay libertad, hay proto poesía.
El nacer de los otros es una utopía,
sólo yo les puedo dar vida.

En la inmensa agonía que es la existencia,
no hay competencia que me quite la razón de ser.
Pero se que en otros días, en otras tierras,
mis otros yo nacen sin pedir permiso.

Amenazan mi suelo y mi sueño.
El tiempo me resguarda de los embates futuros,
pero ya hay un límite, un obstáculo,
un hasta aquí no más.

Inspiro, y sin darme cuenta,
el hueso que duele, la piedra que agoniza, el metal que corta,
y nos quedamos todos quietos.

Y los cementerios, y las escrituras, y los Mesías,
y los circos, y los que se desangran, y los príncipes,
y los mercaderes, y los edificios,
y los mares de gente me inundan, me ahogan, me asfixian.

Y yo, acá parado, siete segundos después de la nada.

Comodidad

Ellos dos en la cocina. Son las 22.38. La mesa y la pareja de treintañeros se miran, un silencio incómodo los envuelve como contexto. El tic tac del reloj se siente en la piel. La lámpara de luz blanca amarillenta enceguece claramente. La locura acecha. No hay nada más que hacer: ya comieron; el sexo ya no es lo que era; ya hablaron de su día; la televisión no los entretiene; ya se hundieron en la monotonía rutinaria.

“Es interesante ésta situación, nos estamos aburriendo y según mi punto de vista, ese es precisamente el motor del cambio”, él habla para opacar al tedio.

“Me aburrís”, dice ella.

“Escuchá. Podemos considerar como un principio básico de toda conducta humana la búsqueda de un único objetivo final en cada una de las acciones que realizamos los hombres: pasar de un estado de menor comodidad a un estado de mayor comodidad. Es decir, cada acción denota un cambio hacia un bienestar total o parcial, pudiendo aceptar una serie de acciones que tengan consecuencias incomodadas, pero para lograr un estado de comodidad general..."

Una sartén recién salida del lavavajillas impacta en la sién del hombre justo en el momento en que la pava hace sonar su estruendosa furia de vapor. La sangre se desparrama y él, sin entender porqué pero prestándose al juego, la toma del pelo, la lleva hacia la hornalla y le hace besar la pava hirviendo. El grito es interno, y la sal en los ojos del hombre le da un pequeño respiro. Casi sin ver, manotéa la llave del grifo que empieza a escupir agua intensamente. Coloca la boca de la mujer ahí, le tapa los orificios nasales y espera que se llene de agua, como si estuviese cargando el tanque de nafta. Antes de que muera ahogada, la libera, no quiere matarla. Los dos caen al piso abatidos por el dolor. Se toman de la mano y sonríen incómodamente.

Cadena

Nada se compara a una buena respuesta espontanea en el momento justo. El Comandante en Jefe del Ejército llamó al General Mayor y le dijo que atacará aquel país lejano. Las tácticas ya se habían planificado semanas atrás, sólo se esperaba la orden y ese momento había llegado. Este, a su vez, diseminó la decisión al Teniente Coronel, quien inmediatamente mandó a llamar a los Mayores, que les explicaron a los Capitanes la situación. Estos dieron la resolución a los Tenientes primeros, y estos a los Tenientes, que justo estaban comiendo rosquillas con sus inferiores directos. Los Subtenientes hablaron con los Sargentos primeros muy amistosamente y estos con los Sargentos que desplegaron la orden por última vez hacia los cabos o soldados rasos.

Pero algo sucedió en ésta etapa. Estos últimos orejones del tarro dijeron que no estaban de acuerdo con la orden, sin ninguna razón específica, simplemente la negativa surgió instintivamente de cada uno de ellos. Cuan larga fue la cadena para desligarse del problema y dejárselo todo a los soldados que se negaban a accionar. Ahora la disposición iba en sentido inverso, por primera vez en la historia personas de rango superior recibían órdenes de otros con cargos inferiores. Y así fue como cada cual, absorto por lo que tenía que comunicar, iba llamando a sus superiores, devenidos inferiores. La inversa cadena de mando finalmente llegó al Presidente, quien gritó desaforado, pegó un portazo y lloró por estar solo en la base de la pirámide. Entonces decidió que no tenía ningún sentido ir a la guerra y sólo pidió un favor: que lo dejaran ser parte de aquella masa espontanea que dijo "no".

Orejas

"Un egoísta es aquel sujeto que se empeña en hablar de sí mismo cuando tú te estás muriendo de ganas de hablarle de ti". - Jean Cocteau


Un señor iba caminando por la calle cuando, de pronto, una anciana se le acercó y comenzó a hablarle sin parar. Poco entendía el hombre, pero la señora le dijo que él tenía orejas grandes y que despropósito sería no escuchar a la gente con semejante aparato auditivo. Lo cierto es que nuestro amigo quedó pasmado, sólo atinó a deshacerse de ella lo más rápido posible. Al llegar a su casa, frente al espejo notó que sus órganos auditivos habían crecido con respecto al día anterior.

La mañana siguiente, otra vez en la calle, una horda se aproximó a él, todos hablaban sin parar. El hombre corrió desesperado mientras era seguido por aquellos deseosos de desembuchar sus historias. En la huida, preguntaba a los gritos por qué le contaban eso a él, a lo que se le respondía siempre lo mismo: sus orejas invitan a hablar.

Fue inquietante cuando se tocó y las sintió exageradamente enormes, lo que lo llevó a deducir que cuanto más le hablaban, más crecían. Se detuvo frente a la gran masa hablante y los encaró.

- Que mis orejas sean gigantes no les da derecho a no respetar mi voluntad, y ¡yo no quiero oírlos más!

Mala idea fue la de rechazarlos, ya que ahora debía oír la réplica de cada uno de ellos. Una paloma que iba volando bajito y que estaba acostumbrada a ciertas proporciones humanas, no supo medir la distancia, por ende, acabó incrustada en los infinitos laberintos de la palangana que tenía por oreja.

El buen hombre pensó que al ingresar a su vivienda el crecimiento se detendría. Debió plegar sus antenas en cuatro, cual pañuelo, para entrar en el ascensor y luego traspasar la puerta de su hogar. Allí dentro, ya calmado, esperó que el silencio generara el efecto opuesto y sus orejas retornaran al tamaño “medium” que solían tener. Pero su familia le hablaba, el teléfono no dejaba de sonar, y hasta sus vecinos le gritaban cosas por la ventana.

Desesperado, el buen hombre orejudo se lanzó por la ventana para acabar con su angustia. A su pesar, sus orejas le sirvieron de paracaídas y su aterrizaje fue suave como una pluma. Ni bien tocó el asfalto, tanta gente se acercó rodeándolo que hasta el menos sensato especularía que fue para socorrerlo, pero cierto es que comenzaron a hablar. Después de superar un leve ataque de pánico por el asedio de la muchedumbre, intrigado por lo que tenían que decir, trato de oír a uno de ellos. Uno pensaría que decían sólo trivialidades, pero a veces es grande la necesidad de liberar las palabras que hieren el interior de cada uno.

Fue escuchando uno a uno los relatos y de pronto, habló. ¡Ya los escuché, hice lo que querían, ahora déjenme en paz, por Dios! No debés sólo escucharnos, debés comprendernos también, debés aconsejarnos. Yo los entiendo, pero sean concientes de mi angustia, ¿Quien me oirá a mí? Vos no naciste para hablar sino tendrías una boca gigante, tu don es escuchar. Todos podemos hablar y hablaré. Mientras el hombre decía sus verdades, las caras atentas tornaban de la incredulidad al desconcierto. Al oír, oír, oír, los hablantes, devenidos ahora escuchas, sintieron una picazón a ambos lados de sus cabezas e iniciaron la escapada inmediatamente, no vaya a ser cosa que sus orejas crezcan desmesuradamente y se conviertan en confidentes de la gran masa hablante.

Auto

La felicidad de ir en el auto al lado de tu chico que maneja, vos sentada ahí con los brazos detrás de la nuca y un suspiro de alegría. Lo mirás, te quedás ahí por un instante como entumecida pero cada músculo está lleno de satisfacción. La posesión que denota tu cara no se borra fácilmente. Todo es perfecto, encaja como última pieza del rompecabezas. Lo hermoso de cruzar los campos y saber que todos los destinos se juntaron para darte lo que merecías. Flotás en el aire, estás liviana, los colores se impregnan en tu retina con más fuerza, nada ha sido así nunca jamás en ningún otro momento del universo. Girás la cabeza, él sigue ahí atento al camino, te lleva, lo llevás.

Cerrás los ojos, el aire entra suave en tus pulmones, el corazón late a la velocidad justa. Sentís tu piel erizada de placer.

Y abrís los ojos. La sensación mínima de inseguridad te atrapa, de perderlo todo. El estómago gruñe, la cabeza comienza a irse por ahí. Todos los colores se opacan, el camino se llena de niebla, el asiento se vuelve repentinamente muy incomodo. Lo horrible de tu pequeño momento de vida perfecta te atrapa y no te suelta. Él sigue ahí pero es un extraño, no es quien era, vos te mirás por el espejo retrovisor lateral y ves lo que no querés ver. El aire raspa tus entrañas al respirar, sentís frío. Debés salir de allí ahora mismo. Tenés que conservar este momento único para que no se pierda. La mano en el volante ajeno. El auto descontrolado. El árbol al costado del camino.

Acerca del carácter impreciso de la vida

Si el sachet de leche no trae realmente un litro, y si el contador de la nafta no marca exactamente cuanto queda en el tanque, y si la hora de mi reloj no es precisamente la hora oficial, y si la edad que ella aparenta no es su verdadera edad, y si la nota que nos sacamos en el parcial no se adecua a lo que en realidad sabemos, y si cuando alguien dice “te amo” lo dice sin sentirlo, y si cuando alguien sonríe es sólo por cortesía, y si lo que dicen los diarios no es todo lo que saben, y si sus intenciones son otras de las que aparenta, y si el remedio que me recetó el médico no es el más apropiado para curarme, y si la tierra en realidad no se mueve, y si parecer es más importante que ser, entonces yo no debo haber escrito exactamente estas palabras y vos no estarías entendiendo lo que quisieras.

Ascensor

En el ascensor, una señora con su hija, un adolescente y yo. Nos detuvimos en el cuarto piso, subió una chica con una sonrisa, apretó PB y se acurrucó entre todos nosotros. Mi indignación me atrapó, así que le dije, ¿Por qué no esperaste que descendiera para subirte? Ella, Este es un ascensor, los ascensores no descienden, sino se llamarían descensores. Dejé de escucharla porque tenía razón. Uno a uno se fueron bajando los ocupantes y al llegar al piso 15, ella y yo quedamos solos, y seguíamos subiendo. Si sólo sube, un único viaje es posible, deduje tardíamente. A lo lejos y más abajo se escuchaba, ¡Ascensor!, con ese acento tan original que le imprimen los vecinos cuando se enfurecen ante la tardanza. ¡Pobres gentes!, el ascensor ya había pasado y ellos lo habían perdido. Ella me miraba y yo la miraba, mudos los dos. Entonces dije, Quiero coger con vos ahora. Ella accedió. Mientras el ascensor seguía subiendo, ya no se detendría, nosotros experimentamos lo que suele llamarse un orgasmo de ascensor. Es la sensación más sublime que puede sentir un ser humano, ya que la velocidad acrecienta notablemente el placer sentido por ambos. Un par de cuerpos desnudos sobre el piso, mirando hacia el foco incandescente adosado al techo, y el ascensor seguía subiendo hasta el punto más alto de mi cabeza en donde se detuvo. Ella se vistió y se bajó allí mismo sin saludar. Ahí se quedó un tiempo, hasta que encontró su bendito descensor, lo tomó y jamás volví a saber de ella.

See Ya

Un hombre de mediana edad se ausentó de su trabajo, fue directo a su casa, prendió el televisor y se sentó en una silla. Se quedó ahí mismo sin hacer ningún movimiento, sin decir una palabra, sin responder al teléfono o al llamado de la puerta, sin inmutarse ante los gritos que daba su mujer desde el otro cuarto.

El hombre no se movió nunca más y fue grande la sorpresa de su esposa cuando vio que su marido se había convertido en una silla. Así que para no desaprovecharlo apoyó sobre él su ropa usada y sucia. Ahora, al menos, su marido-silla le serviría para algo.