lunes, 3 de marzo de 2008

Del viaje a ningún lugar

Para todo existen las maletas. Llenarlas en la partida y luego vaciarlas de sentido en la llegada. El sol pegaba en la ventanilla, a la que se pegaba la cara del niño que todavía no era hombre. El sueño le ganaba porque ya no luchaba.

La lluvia llegó como todo llega: inesperadamente. Los ojos del niño se abrieron de impar en impar y captaron la fisonomía del paisaje mojado y los rayos cayendo sobre el horizonte. El asiento era cómodo, tanto como para forzarlo a dormir, pero estaba intentando ganar desvelo para acompañar la lluvia, en ese largo viaje desde lo gaseoso y homogéneo, pasando por una caída solitaria hasta unirse con las demás gotas en un sólo charquito ordinario.

La chica de al lado se retorcía buscando la confortabilidad. Bajo una musculosa algo empapada, se sacaba el corpiño muy discretamente haciendo maniobras dignas de una profesional que él no pudo dejar de notar, o como su pezón izquierdo le daba forma a la remera, la mejor forma que vio ese día, por cierto.


No le habló, porque no era bueno con las palabras aun. Lo era dentro de su mente, o después de los hechos consumados. ¿Qué le diría? Mejor el silencio a depositar palabras a plazo fijo. Le faltaba oratoria. ¿Lo conseguiría más adelante? Seguramente.


El chofer hacía maniobras elocuentes para llegar a tiempo, era como ir en la cinta transportadora al matadero o al supermercado. Superado el inconveniente del pezón y sin afectar su entusiasmo sexual, cosa que sería indebida en un micro familiar y cristiano, siguió pensando en ideas que eran confusas y molestas, pero a la vez, resplandecientes. Tomó la maleta, abrió la ventana y arrojó todas sus pertenencias a la ruta. Llenó la maleta de ideas y sueños, y se echó a dormir en el hombro de la chica del pezón izquierdo.

Un colectivo, un niño, una maleta llena de sueños y la ruta por delante, donde seguramente encontrará otras maletas, otras chicas y otras gotas de lluvia.

Despertarte

Siento despertarte de este sueño autoinducido en el que te sumergiste y al que tengo la entrada prohibida. Aclara la mañana después de una noche suburbana. Para verte, sólo quedan fragmentos de mí, diseminados por tu crueldad en un océano de desencuentros. Si hay algo que quiero es no estar en este lugar ahora, ese es mi karma, eso es lo que me pasa siempre. Vos eras el antídoto, la cura, la mano que me sujetaba y me hundía en lo ilimitado. Con vos el tiempo es otra cosa, los colores son otra cosa, y si me perdí, fue por distracción. Un largo rato me hiciste pensar en que todo era posible, todo era amarillo, caminábamos desafiando a los que dicen que dicen que dicen. Mi devoción hacia vos iba en aumento y tu mirada clavada en los relojes, el cielo del atardecer, las pequeñas siluetas que se forman en el pavimento, para finalmente confrontar en un suspiro, me dolían. Te movías por los vientos ciclónicos, eras un fenómeno indescifrable en peligro de extinción. Y cada uno en su casillero pero habías borrado un poquito los márgenes para que tu celda y la mía fueran una sola. Las fotografías, las palabras y las complicidades me alcanzaban para abrir las puertas y luego cerrarlas cuando ya estábamos adentro.

Entre el tumulto y las millones de estrellas apareciste para develarme, para rebelarme. Tu soledad arrastraba copos de nieve derretida, insulina y alguna que otra cartera de un profundo azul eléctrico. Me acerqué al fuego para quemarme por mis propios miedos. Pero te apagaste en un cerrar y abrir de ojos o de piernas. La dulzura se tornó amarga, los soles de verano hacían daño y el ausente sin aviso.

La avalancha de fragmentos tuyos están ahora desparramados junto a todos mis fragmentos en algún lugar de tu frío cuerpo.

Sala de espera

Uno llega y hay niños jugando todo por ahí y no hace nada porqué espera. Revistas lee, diarios lee, libros lee y el tiempo vuela. Las pruebas de aptitud, los caramelos, las bodas de plata, y jugar al Rummy hasta el cansancio. Algunas dolencias, algunos olvidos, algunas crueldades bien redactadas y enviadas al remitente equivocado. Algunas personas que no tuvieron su oportunidad, que la merecen pero no se atreven a entrar al consultorio mientras el doctor está atendiendo a otra paciente. Entonces, se sientan al lado de señoras que hablan mucho y pretenden leer una revista pero miran de reojo esa puerta.

Las peleas, las angustias, los recuerdos, las hamacas se siguen moviendo. La moralidad que no te deja ser, la inconciencia social te limita. Y no experimentás ni la mitad de las cosas por miedo a caer en la tentación, por miedo al cambio, porque te gusta tanto la comodidad de tu vida ya vendida al mejor postor y para siempre. Es difícil ser uno mismo, y por eso adoptás treinta y siete caras para las treinta y siete situaciones distintas.

Y finalmente te guardan en un cajón marrón (o negro, según esté de moda), lustrado y laqueado con un pedazo de mármol más arriba y lágrimas y flores por doquier y recién ahí el turno es tuyo, el número que tuviste en tus manos desde que viste la primera luz. Ahora te corresponde pasar, toda una vida de espera para morir tranquilamente y con la satisfacción de haber hecho todo lo que se pudo. Pero no, sólo esperaste a que llegara el turno. ¿Y sabés qué? El doctor ya cumplió su horario de trabajo, y te dan turno para la semana que viene.

Acuario

¿Cómo iba a saberlo? No podía saberlo porque uno sólo lo sabe cuando ya sucedió.

Juan se detenía frecuentemente frente al acuario cuando su mamá lo llevaba al colegio. Era casi un rito, una ceremonia, paralizarse con los ojos fijos en el vacío (que quedaba exactamente en el mismo lugar que el acuario), mientras su madre le tiraba del brazo para que siguieran camino. Él, hipnotizado por el acuario, sólo concentrado en llegar alguna vez a conocerlo por dentro; caprichos de niños, y madres que no pueden cumplir sus sueños; a veces, para mejor. Lo cierto es que cuando terminaron las clases, Juan iba todas las tardes a la plaza que estaba justo frente al acuario y se quedaba ahí solito viendo como los otros niños (siempre los otros) salían felices después de sumergirse en los profundos secretos de los marsupiales, las mojarritas, los pulpos.

El día llegó (fatalmente quizás) en que Juan, repleto de ilusiones construidas en la plaza de enfrente, ingresó al acuario con su mamá (que consiguió el dinero trabajando horas extras). Juan cerró los ojos al cruzar la puerta y los abrió una vez que los delfines pasaban por su lado, casi como si estuviera nadando junto a ellos pero claro, en una burbuja de aire y vidrio que los unía sí, pero los separaba escandalosamente. Juan sintió el encierro, perdió el aire, y las luces se le borroneaban en el alma. La madre no lo percibió (ella iba feliz disfrutando lo que había pagado y que por un momento era suyo –la posesión momentánea de la felicidad, le dicen-). Al rato, Juan giró sobre su eje, vio un tiburón, una manta raya, una corvina, y la puerta de entrada; más lejos, el banquito de la plaza de enfrente. Supo casi instantáneamente que era allí realmente donde debía estar, imaginando que algún día conocería los misterios del acuario.

Los traspapelados

El título se refiere, ni más ni menos, a los que se perdieron entre los papeles. Uno piensa que no existen, que son pura ilusión o algo así como una forma de tapar otras cosas, pero no, existen y mucho. La gente entre los papeles es aquella que habita en la celulosa, blanca, rayada, y muchas veces con dos agujeros a los costados, también de tamaño A4 o Carta, o la muy temida Legal.

Esa gente, los traspapelados, muchas veces se pierden al cerrar los libros, como planteaba Borges, porque las letras se mezclan cuando dejamos de leer y cerramos el libro y se confunden unos con otros, tal como nos confundimos a veces y le echamos la culpa al traspapeleo.

Muchas veces, se les dice “limados”, cuando en realidad son un diamante en bruto y nunca en su vida vieron una lima; aunque sí estuvieron cerca de una cortadora de césped.

Un limado es, en realidad, quién fue tomado por las grandes manos de la realidad y pulido, lijado por la enorme lima que deja a uno del tamaño perfecto para caber en los casilleros cuadrados y beiges de la monotonía o la politonía, o lo que sea.

Esa gente no limada pero traspapelada, rompe el papel finalmente porque al no tener las puntas limadas, son nocivos para la débil celulosa, y se escapan, por ahí, para así al día siguiente traspapelarse de nuevo, porque son incorregibles, realmente.

En el futuro

En el futuro, la gente no tendrá que viajar. Habrá una silla especial en donde uno se sentará y serán las ciudades las que se muevan. Tokio, París, Burzaco, en fin, las grandes capitales irán pasando, una a una, frente al ciudadano cosmo o monopolita, o viceversa. Conocer el mundo será accesible a cada uno que tenga la silla, aunque también se inventarán bañaderas de este tipo, para estar limpio mientras uno visita el Partenón o la Fontana di Trevi.

En el futuro, el tiempo no se podrá desperdiciar fácilmente. Así, no habrá tiempo libre para rascarse el ombligo. Alarmas instaladas en cada hogar sonarán ante el menor indicio de pereza, a lo que uno deberá responder pintando el cerco o dando una vuelta manzana. Dormir estará prohibido. Asimismo, cabecear en el bondi.

En el futuro, la gente podrá leer los pensamientos de los demás con sólo un dispositivo muy barato, disponible en todos los kioskos. Una aventura amorosa será cosa del pasado, de lo contrario, la esposa/o esperará a su cónyuge y al llegar a su iglú (las casas inteligentes del futuro – más inteligentes que el dueño, seguro-) lo hará viajar (con la silla que mencionamos anteriormente y con el debido respeto) a la mismísima concha de la lora, que dicen que queda en Medio Oriente.

En el futuro, será obligatorio ser socialmente activo y feliz. Nada de recluidos, antisociales o ermitaños, si aparece alguno lo mandamos a una isla solitaria. Los celulares serán obsoletos, ya que si uno quiere estar o hablar con una persona, sólo lo pide en voz alta dos o tres veces y te aparece el tipo/a ahí al instante en el baño, en la azotea o en la cama.

En el futuro estudiar no será tan engorroso como ahora. A los infantes les pondrán un chip en el ombligo (por eso no hay que rascárselo) y podrán conectarse a un transfusor de datos conocido como “El Transfusor”, y en dos minutos te sabés todas las capitales o como hacer un vitel tone bien rico.

En el futuro, vos decís “¡la puta, está nublado, justo que quería ir al zoo!” y te aparece la jirafa o el hipopótamo en el living y se miran juntos una de James Bond. La alimentación del animal corre por cuenta del cuidador, que también se prende en la tarde de cine en tu iglú.

En el futuro, no se podrá llegar tarde jamás, ya que tocás rewind o retroceder y entrás a tu laburo en horario, o si te mandás una torpeza apretás el botón deshacer (que te insertaron en el culo) y podés volver a equivocarte las veces que quieras, prácticamente.

En el futuro, todo será distinto, excepto el huevo frito, el papel higiénico y la pasta frola, que seguirán siendo como ahora.

Bolsas negras

Me molesta esa lamparita intermitente. Está rota. Ya sé, debo cambiarla, pero no aún. Las noches son mosquitos dando vueltas a esa lámpara en el techo, los vuelve locos, los confunde. Ellos deben pensar que lo hago a propósito, pero no, soy inocente.
Mi pieza: los vasos casi vacíos, el cenicero rebozante de chicles, los papeles tirados todo alrededor; este guión me está matando. Olvidé, el café. ¿Cuanto café puede tomar una persona? ¡Por dios! Aun así no me despierto, no me inspiro, y el robo comienza. Eso es lo que hago, pero robar no es copiar. Las reminiscencias de ella, las intermitencias de su personalidad y sus lamentos, me las apropio impunemente. Espero no ser juzgado por ello, aunque lo seré.
No sé por qué me puse a pensar en las fotos familiares. En los interminables álbumes que nadie quiere ver. Sacamos fotos para recordar cosas olvidables, momentos fingidos, artificiales; nada más hipócrita que la pose frente a la cámara, abrazados y dejando la risa congelada (mostrando todos los dientes, obvio) por varios segundos hasta que el clic se oye y volvemos a ser nosotros mismos. Pero aun así necesito de las fotos; necesito que existan esas costumbres para escribir todo esto.
Cuando reconstruyo todo me jacto de haber armado el rompecabezas con pocas piezas; hay agujeros por todos lados pero puedo ver la imagen completa.
En la vereda está tranquilo a estas horas, ya no pasan colectivos. Acá afuera la maldita lamparita intermitente también me atormenta. Hoy no pasó el camión de basura y las moscas se amontonan en las bolsas negras.
Miraba las bolsas y sentí algo (como un deja vú, digamos), y recordé esa tarde cuando tenía 4 o 5 años. Era verano y las tardes estaban hechas de dibujos animados. Aquél día fue distinto; hacía calor y las persianas estaban bajas, y el televisor no estaba prendido. La oscuridad acechaba. Mamá estuvo siempre conmigo, pero no hablamos. Recuerdo estar tirado en el piso garabateando en una hoja de papel y ahora puedo verla, mi madre lloraba. Sé que luego fue a sacar la basura (en la misma bolsa negra) y me quedé solo. Se demoró eternamente, odiaba que me hiciera eso. La puerta estaba cerrada y me tome de la manija por un largo rato. Ahí quedé hasta que ella volvió con la misma bolsa en la mano y la dejó por ahí; nunca entendí por qué entraba la basura. Quizás es lo que hago yo, ahora.

Segundos difusos

Es como si no pudiera sostener ninguna conversación, evitar que se desbarranque y se estrelle contra la gran aspiradora que es la vida o la realidad o como quieran ignorarla. Íbamos sentados atrás, en el fondo del colectivo, allá donde somos los últimos, los que pueden ver a todos los demás y donde pasamos desapercibidos. En silencio por unos segundos (esa horrible mentira que son los segundos), descubrí o acepté que las lagunas de la mente estaban tan secas otra vez. A veces, en épocas de lluvia uno se zambulle en esas lagunas profundísimas donde no llega el sol y uno se pierde como que no sé porque se me hizo que me había perdido, pero no.

No hay nada más abominable que la normalidad. Vemos sólo disfraces, la realidad disfrazada, diría algún intelectual que empezaba a ser comprendido. A uno le enseñan a leer entre líneas, y entre esas líneas hay puntos, y entre esos puntos no hay nada más que ideología. Aun así, nunca nos sacamos los anteojos para leer.

Si hay algo que es engañoso, esa es la memoria. Es que ella reconstruye todo a su antojo, reforma los colores, las personas, los monstruos. Desearía que te acuerdes, pero sólo me quedo en el deseo de completitud. El deseo de que me reconozcas, al lado tuyo en el colectivo estoy yo sentado y ni siquiera una sonrisa disfrazada de sonrisa.

La chica olvida todo, lo reformula y me lo vende en paquetitos de diez gramos. Que fácil sería compartir experiencias envasadas, rotuladas, y adornadas pertinentemente con colores o formas o triangulitos. La chica estará pensando que yo estoy pensando en algo. El laberinto lo construye uno; uno mismo no quiere salir de él y sigue poniendo paredes y ladrillos y cemento, justo delante de donde reposa el pie derecho o el izquierdo.

Intermedio

Dicen que acá se escribieron los sueños. La luz se enciende blanca y sombría, el humo del cigarrillo nubla los pensamientos y escribir es casi un juego de a dos: el bar y yo. Me detengo a sufrir el alrededor: el ventilador detenido, el murmullo de las voces (las mismas que le dictaron a otros escritores lo que escribir), la ventana enrejada y el exterior inocente.

(Lo) escribo para no vivirlo. Sumerjo el lápiz en la hoja de papel y el bar me guía. Los parroquianos están y lo ignoran, pero lo saben. El piso de ajedrez me incita a dar la primera movida, la del golpe efectivo, y ahí nomás, entre las cenizas y el pocillo de café vacío, varios mundos colapsan en cuanto la puerta de calle se abre y se vuelve a cerrar automáticamente.

Fugaz

Ella, sentada justo frente a mí. Viajamos en el mismo colectivo, el 29, el de las 9:05, aunque nunca la había visto antes. Me acurruqué en ese lugar exclusivo para discapacitados (donde hay un símbolo amarillo pintado en el piso) y tuve toda su imagen sólo para mí. Ella había elegido el único asiento perpendicular a la dirección en que iba el colectivo. Detrás mío el sol entraba con furia y bañaba mi espalda y su cara, toda su existencia.

La miré. Debo decir que su remera a rayas negras horizontales sobre fondo blanco (como presa de algún tipo de seducción que ejercía involuntariamente, o no) y su escote particularmente abismal, me atraparon. Su ombligo expuesto, sus blue jeans, sus zapatillas blancas tipo botas, su tez muy blanca y su pelo castaño (aún mojado en las puntas), la mostraban inocente, virginal; eso agregado a su cómoda posición con las piernas cruzadas o flexionadas contra su pecho (según el momento y el objetivo), le daban un toque de despreocupado nerviosismo que me fascinaba.

Llegó el momento de las clásicas miradas y retiradas rítmicas (la miro, ella me mira, saco la mirada, ella saca la mirada, ad infinitum) como si nunca pudiéramos encontrarnos en ese instante en que los ojos de uno y los ojos de una se paralizan, se detienen en el espacio que los separa preguntándose por qué existe ese espacio, ese precipicio que era de aproximadamente 1,63 mts. pero que parecía imposible de atravesar.

Ella leía sus apuntes, deduje que estudiaba para un parcial cercano, y sin querer seguía mis miradas a todas partes (yo miraba el techo y ella hacía lo mismo, yo miraba el piso…). Se agachó para tomar su cartuchera que conservaba del colegio secundario y dejó su escote sin protección (lo hizo a propósito, estoy seguro, su secreta intención de atrapar a su presa, obnubilarme, enceguecerme y vulnerarme, básicamente). Un siniestro caballero observó lo mismo. ¡Que celoso me puse! “¡Ella es mía, no la mirés, desgraciado!”, pensé. Él la miraba con ojos libidinosos, con lujuria y perversión, eso me enajenaba. Ella se acomodó nuevamente en su posición standard y siguió estudiando.

Una señora la saludó con un beso, oí su voz y me transportó a otra parte. Ya tenía un panorama completo de quien era ella. Lo supe antes, cuando introdujo sus prolijas hojas en un folio con una dedicación y delicadeza que asombraban. Me la imaginé corriendo por los campos con un vestido largo peleando contra el viento, dejando atrás el trigo y la tormenta.

Faltaba poco para llegar a mi destino y la vi guardar sus cosas. Era posible que bajase en la misma parada que yo. Me acerqué a la puerta y esperé que ella hiciera lo mismo. Estornudó dos o tres veces y yo justo a su lado, decile salud, decile salud, decile salud, y no dije nada.

Me bajé resignado y solo, pensando que la vería en otro colectivo, otro día, pero todo sería diferente, una fugacidad, un instante en el vacío del tiempo.